En contra del multiculturalismo
Hay palabras que tienen muy buena fama y que viven cómodamente de este prestigio convenciendo a los hombres de que lo que significan y transmiten es algo absolutamente positivo y beneficioso para los seres humanos. Uno de estos vocablos prestigiosos es el de “multiculturalismo”, concepto que la Real Academia Española de la Lengua define como la “convivencia de diversas culturas” y que, popularmente, se ha querido entender, equivocadamente, como un fenómeno que permite la “convivencia positiva de diversas culturas”.
En 2002, el antropólogo Mikel Azurmendi, por aquel entonces presidente del Foro de la Inmigración, levantó una gran tormenta política y cultural al declarar públicamente que la multiculturalidad encerraba, sobre todo, valores negativos, y que muy pocos cosas buenas se habían derivado de la misma. Rápidamente, pseudoprogresistas de todo pelaje, izquierdistas de salón, expertos en las más diversas disciplinas y políticos de las más variadas ideologías se apresuraron a denunciar estas afirmaciones, a poner de manifiesto su disconformidad con el autor de “Estampas de El Ejido” y a exigir, incluso, la dimisión de éste porque, en opinión de todos estos especialistas, oponerse al multiculturalismo es lo mismo que cometer un acto intolerable de racismo o de falta de respeto hacia otras culturas.
Nada más lejos de la realidad. Los que, como Mikel Azurmendi, denunciamos el multiculturalismo como algo profundamente contraproducente y negativo para el desarrollo convivencial de nuestras sociedades lo hacemos bajo el punto de vista de que consideramos que lo auténticamente enriquecedor para nuestra comunidad es el mestizaje, la mezcla, el cruce de individuos, la mixtura de orígenes y la coexistencia pacífica de hombres y mujeres procedentes de los más variados lugares. El multiculturalismo es algo absolutamente opuesto a esta emulsión cultural, a este cóctel convivencial, al asimilacionismo que defendemos quienes nos oponemos a él. El multiculturalismo defiende la armonía entre las culturas, pero permitiendo que cada una de ellas, independientemente de sus características, de su desarrollo y de su evolución, perviva junto a las otras en un proceso que no es ni de anexión ni de rechazo, sino que, generalmente, es de alejamiento, de extrañeza y de exotismo.
El multiculturalismo es el que ha propiciado que en capitales como Londres o París vivan ciudadanos de los más diversos países, de las más variadas culturales y de distintas tradiciones religiosas, pero que éstos habiten en estas capitales, o en tantas otras de la Unión Europea, en ámbitos cerrados, en territorios propios, en periferias ajenas y en espacios particulares que reflejan perfectamente los lugares de procedencia de estas colectividades. El multiculturalismo no alienta la fusión de culturales sino que alimenta la fisión de éstas en cotos deslavazados y desconectados entre sí, y es el que permite, por ejemplo, que en los principales estados democráticos europeos se estén produciendo un día sí y otro también, y amparándose en ritos religiosos integristas, en violentas costumbres ancestrales o en hábitos culturales verdaderamente despreciables, afrentas gravísimas a los derechos humanos más elementales, ataques sexistas, acometidas homofóbicas, apologías de múltiples ideologías totalitarias y conductas que embisten directamente contra los pilares legislativos y judiciales sobre los que se asientan nuestro sistema de libertades.
Quienes nos mostramos contrarios al multiculturalismo defendemos que la avenencia en nuestras ciudades de individuos con diferentes tradiciones ideológicas, culturales y religiosas debe hacerse con el máximo respeto hacia cada una de las personas pero que, además, debe hacerse con el respeto máximo por parte de todos a unas leyes y normas que han de ser de común cumplimiento y que no pueden hacer ninguna excepción dependiendo del origen de sujeto. Los voceros del multiculturalismo, amparándose en la esencia de éste, pueden entender, o dejan sutilmente pasar, que en determinadas zonas de ciudades como París, Londres o Berlín, haya mujeres absolutamente esclavizadas por motivos religiosos, que existan niños maltratados en base a inaceptables y antiquísimas costumbres o que muchos ciudadanos no puedan ejercer su derecho sagrado a la libertad de expresión. Quienes nos oponemos a las prácticas multiculturalistas, por el contrario, pensamos que todo ciudadano, independientemente del origen que tenga, de la lengua que hable, del bagaje cultural de que disponga o de la religión que profese, es una aportación enriquecedora para nuestra comunidad pero que, además, debe de respetar y acatar, por encima de cualquier otro, los valores fundamentales de nuestros sistemas democráticos
En 2002, el antropólogo Mikel Azurmendi, por aquel entonces presidente del Foro de la Inmigración, levantó una gran tormenta política y cultural al declarar públicamente que la multiculturalidad encerraba, sobre todo, valores negativos, y que muy pocos cosas buenas se habían derivado de la misma. Rápidamente, pseudoprogresistas de todo pelaje, izquierdistas de salón, expertos en las más diversas disciplinas y políticos de las más variadas ideologías se apresuraron a denunciar estas afirmaciones, a poner de manifiesto su disconformidad con el autor de “Estampas de El Ejido” y a exigir, incluso, la dimisión de éste porque, en opinión de todos estos especialistas, oponerse al multiculturalismo es lo mismo que cometer un acto intolerable de racismo o de falta de respeto hacia otras culturas.
Nada más lejos de la realidad. Los que, como Mikel Azurmendi, denunciamos el multiculturalismo como algo profundamente contraproducente y negativo para el desarrollo convivencial de nuestras sociedades lo hacemos bajo el punto de vista de que consideramos que lo auténticamente enriquecedor para nuestra comunidad es el mestizaje, la mezcla, el cruce de individuos, la mixtura de orígenes y la coexistencia pacífica de hombres y mujeres procedentes de los más variados lugares. El multiculturalismo es algo absolutamente opuesto a esta emulsión cultural, a este cóctel convivencial, al asimilacionismo que defendemos quienes nos oponemos a él. El multiculturalismo defiende la armonía entre las culturas, pero permitiendo que cada una de ellas, independientemente de sus características, de su desarrollo y de su evolución, perviva junto a las otras en un proceso que no es ni de anexión ni de rechazo, sino que, generalmente, es de alejamiento, de extrañeza y de exotismo.
El multiculturalismo es el que ha propiciado que en capitales como Londres o París vivan ciudadanos de los más diversos países, de las más variadas culturales y de distintas tradiciones religiosas, pero que éstos habiten en estas capitales, o en tantas otras de la Unión Europea, en ámbitos cerrados, en territorios propios, en periferias ajenas y en espacios particulares que reflejan perfectamente los lugares de procedencia de estas colectividades. El multiculturalismo no alienta la fusión de culturales sino que alimenta la fisión de éstas en cotos deslavazados y desconectados entre sí, y es el que permite, por ejemplo, que en los principales estados democráticos europeos se estén produciendo un día sí y otro también, y amparándose en ritos religiosos integristas, en violentas costumbres ancestrales o en hábitos culturales verdaderamente despreciables, afrentas gravísimas a los derechos humanos más elementales, ataques sexistas, acometidas homofóbicas, apologías de múltiples ideologías totalitarias y conductas que embisten directamente contra los pilares legislativos y judiciales sobre los que se asientan nuestro sistema de libertades.
Quienes nos mostramos contrarios al multiculturalismo defendemos que la avenencia en nuestras ciudades de individuos con diferentes tradiciones ideológicas, culturales y religiosas debe hacerse con el máximo respeto hacia cada una de las personas pero que, además, debe hacerse con el respeto máximo por parte de todos a unas leyes y normas que han de ser de común cumplimiento y que no pueden hacer ninguna excepción dependiendo del origen de sujeto. Los voceros del multiculturalismo, amparándose en la esencia de éste, pueden entender, o dejan sutilmente pasar, que en determinadas zonas de ciudades como París, Londres o Berlín, haya mujeres absolutamente esclavizadas por motivos religiosos, que existan niños maltratados en base a inaceptables y antiquísimas costumbres o que muchos ciudadanos no puedan ejercer su derecho sagrado a la libertad de expresión. Quienes nos oponemos a las prácticas multiculturalistas, por el contrario, pensamos que todo ciudadano, independientemente del origen que tenga, de la lengua que hable, del bagaje cultural de que disponga o de la religión que profese, es una aportación enriquecedora para nuestra comunidad pero que, además, debe de respetar y acatar, por encima de cualquier otro, los valores fundamentales de nuestros sistemas democráticos