Tuesday, April 22, 2008

En contra del multiculturalismo

Hay palabras que tienen muy buena fama y que viven cómodamente de este prestigio convenciendo a los hombres de que lo que significan y transmiten es algo absolutamente positivo y beneficioso para los seres humanos. Uno de estos vocablos prestigiosos es el de “multiculturalismo”, concepto que la Real Academia Española de la Lengua define como la “convivencia de diversas culturas” y que, popularmente, se ha querido entender, equivocadamente, como un fenómeno que permite la “convivencia positiva de diversas culturas”.
En 2002, el antropólogo Mikel Azurmendi, por aquel entonces presidente del Foro de la Inmigración, levantó una gran tormenta política y cultural al declarar públicamente que la multiculturalidad encerraba, sobre todo, valores negativos, y que muy pocos cosas buenas se habían derivado de la misma. Rápidamente, pseudoprogresistas de todo pelaje, izquierdistas de salón, expertos en las más diversas disciplinas y políticos de las más variadas ideologías se apresuraron a denunciar estas afirmaciones, a poner de manifiesto su disconformidad con el autor de “Estampas de El Ejido” y a exigir, incluso, la dimisión de éste porque, en opinión de todos estos especialistas, oponerse al multiculturalismo es lo mismo que cometer un acto intolerable de racismo o de falta de respeto hacia otras culturas.
Nada más lejos de la realidad. Los que, como Mikel Azurmendi, denunciamos el multiculturalismo como algo profundamente contraproducente y negativo para el desarrollo convivencial de nuestras sociedades lo hacemos bajo el punto de vista de que consideramos que lo auténticamente enriquecedor para nuestra comunidad es el mestizaje, la mezcla, el cruce de individuos, la mixtura de orígenes y la coexistencia pacífica de hombres y mujeres procedentes de los más variados lugares. El multiculturalismo es algo absolutamente opuesto a esta emulsión cultural, a este cóctel convivencial, al asimilacionismo que defendemos quienes nos oponemos a él. El multiculturalismo defiende la armonía entre las culturas, pero permitiendo que cada una de ellas, independientemente de sus características, de su desarrollo y de su evolución, perviva junto a las otras en un proceso que no es ni de anexión ni de rechazo, sino que, generalmente, es de alejamiento, de extrañeza y de exotismo.
El multiculturalismo es el que ha propiciado que en capitales como Londres o París vivan ciudadanos de los más diversos países, de las más variadas culturales y de distintas tradiciones religiosas, pero que éstos habiten en estas capitales, o en tantas otras de la Unión Europea, en ámbitos cerrados, en territorios propios, en periferias ajenas y en espacios particulares que reflejan perfectamente los lugares de procedencia de estas colectividades. El multiculturalismo no alienta la fusión de culturales sino que alimenta la fisión de éstas en cotos deslavazados y desconectados entre sí, y es el que permite, por ejemplo, que en los principales estados democráticos europeos se estén produciendo un día sí y otro también, y amparándose en ritos religiosos integristas, en violentas costumbres ancestrales o en hábitos culturales verdaderamente despreciables, afrentas gravísimas a los derechos humanos más elementales, ataques sexistas, acometidas homofóbicas, apologías de múltiples ideologías totalitarias y conductas que embisten directamente contra los pilares legislativos y judiciales sobre los que se asientan nuestro sistema de libertades.
Quienes nos mostramos contrarios al multiculturalismo defendemos que la avenencia en nuestras ciudades de individuos con diferentes tradiciones ideológicas, culturales y religiosas debe hacerse con el máximo respeto hacia cada una de las personas pero que, además, debe hacerse con el respeto máximo por parte de todos a unas leyes y normas que han de ser de común cumplimiento y que no pueden hacer ninguna excepción dependiendo del origen de sujeto. Los voceros del multiculturalismo, amparándose en la esencia de éste, pueden entender, o dejan sutilmente pasar, que en determinadas zonas de ciudades como París, Londres o Berlín, haya mujeres absolutamente esclavizadas por motivos religiosos, que existan niños maltratados en base a inaceptables y antiquísimas costumbres o que muchos ciudadanos no puedan ejercer su derecho sagrado a la libertad de expresión. Quienes nos oponemos a las prácticas multiculturalistas, por el contrario, pensamos que todo ciudadano, independientemente del origen que tenga, de la lengua que hable, del bagaje cultural de que disponga o de la religión que profese, es una aportación enriquecedora para nuestra comunidad pero que, además, debe de respetar y acatar, por encima de cualquier otro, los valores fundamentales de nuestros sistemas democráticos
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La estupidez creacionista

En el libro “El puzzle de Jesús”, del investigador norteamericano Earl Doherty, se incluye un rotundo texto para denunciar cómo las doctrinas creacionistas, que tanto auge están teniendo ahora en Estados Unidos, solamente sirven para impulsar el regreso del ser humano a las cavernas y como artimaña doctrinal para que nuestras sociedades laicas, democráticamente avanzadas y herederas de la gran tradición de libertad que apareció con la Ilustración francesa del siglo XVIII queden culturalmente anquilosadas e intelectualmente diezmadas. El creacionismo, como el principal de sus hijos, el diseño inteligente, solamente es la versión políticamente correcta del más cruel de los fanatismos religiosos, del antintelectualismo más obsceno y de la apuesta por la ignorancia y la incultura.
Patterson, uno de los personajes más y mejor definidos del libro de Doherty, describe perfectamente qué es lo que hasta ahora ha conseguido el creacionismo: “El menosprecio del orgullo humano y de la iniciativa, el rechazo de todo el concepto de sabiduría humana. Consagramos las palabras de una colección de textos antiguos y primitivos como si proporcionaran respuestas exclusivas e irrefutables sobre el universo, en lugar de apreciar la investigación científica moderna y nuestro intelecto. Santificamos la denuncia de la razón y del pensamiento crítico. Devolvemos a las mujeres a la cocina. Enviamos a la oscuridad exterior a una parte importante de la Humanidad (hombres y mujeres por su innata orientación sexual). Construimos el edificio científico del siglo XXI, Biología, Antropología, Genética, Geología, Paleontología, Arqueología, Astronomía, Física, alrededor de un mito antiguo que dice que un creador produjo de la nada esos billones de soles hace solo seis mil años; que la infinita multitud de formas de vida que vemos a su alrededor son un capricho suyo, que todos los depósitos geológicos, así como los fósiles extintos, se depositaron durante un diluvio universal hace unos cuantos miles de años en el que ocho seres humanos sobrevivieron construyendo un barco con madera de tintóreo, de ciento cincuenta metros de largo, para albergar a todas las criaturas de la Tierra, y que todos los seres humanos y formas animales que cubren el planeta hoy en día descienden de los moradores de esta expedición acuática que tocó tierra en el monte Ararat”.
“Cada mejora en las condiciones de vida, en la salud, en el control humano del medio ambiente, ha surgido de la aplicación de la ciencia y el método científico, incluso si se utilizaba de forma instintiva, porque alguien le ha dado valor a nuestra felicidad en estos cuerpos y en este mundo. En cuanto se denigra esa felicidad, o se postula una deidad que tiene otros planes para nosotros, se condena a los pararrayos por frustrar el propósito punitivo de Dios al enviar la tormenta, o se le niega a alguien el derecho a poner fin a una enfermedad terminal dolorosa dejando su vida como crea conveniente. ¿Dónde hay un solo avance en tecnología o una sola comprensión de la naturaleza que hayamos alcanzado centrándonos en el mundo espiritual ? ¿La creencia en los ángeles ha evitado que una persona se ahogue, que se estrelle en un avión o que muera de una enfermedad? ¿Encontraremos una cura para el cáncer entrando en una relación personal con un salvador? ¿Y qué pasa con el misticismo oriental? ¿Nos ha ayudado a comprender el funcionamiento del átomo o el origen de la vida? En cuanto a los interminables libros de Shirley MacLaine sobre la reencarnación, o la industria que a partir de Celestine ha creado James Redfield, ¿han contribuido un ápice a la mejora de la condición humana, aparte de la condición de sus propias cuentas corrientes?
(“El puzzle de Jesús”, Earl Doherty, Ed. La Factoría de Ideas, 2006. Pag 219 y 221)
Por cierto, que en Valladolid (España), algunos padres quieren mantener la cruz cristiana en las escuelas públicas. Estemos sobre aviso porque, en otros lugares, así empezó todo.

Una revista excepcional: Lars, cultura y ciudad

Descubrir una nueva revista cultural siempre es una noticia excelente, pero cuando, además, la publicación hace gala de una calidad literaria fuera de lo común y de una extraordinaria selección de temas, la cabecera recién hallada se convierte en todo un acontecimiento. Esto es lo que me ha ocurrido con la revista LARS, Cultura y Ciudad, cuyo último número, el 5, adquirí hace unas semanas en la Fnac de Madrid. Con un diseño minimalista, una tipografía muy agradable y unos contenidos excepcionales, la publicación, dedicada en este caso a la ciudad latinoamericana, me resultó sumamente interesante. Posteriormente, he podido leer también el número anterior de la revista, titulado genéricamente “Vigencia de París”, y solamente puedo decir que hacía mucho tiempo que no encontraba artículos sobre arquitectura, urbanismo y tendencias, en general, con tanta calidad y rigor.
En general, LARS, Cultural y Ciudad se define como una revista dedicada a la arquitectura, el urbanismo, la cultura y la ciudad. Pero, sobre todo, y lo que a mí me resulta más interesante, es que LARS es también un espacio para la reflexión en torno a las implicaciones sociales de la arquitectura, el urbanismo y el diseño de las ciudades. LARS, Cultura y Ciudad posee, además, una clara vocación internacional, se edita en español e inglés, y cuenta entre sus colaboradores con destacadas firmas
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Musulmanes y democracia

En un reciente artículo que ha publicado en la “New York Review of Books”, el prestigioso ensayista británico Timothy Garton Ash describe cómo algunas zonas de las principales capitales de Europa se están convirtiendo, cada vez más, en barrios con una amplia mayoría de personas de origen árabe.
En su trabajo, Ash cuenta cómo en París, en la Place Víctor Hugo, se entrevista con un joven francés de origen berebere que afirma que la República sigue discriminando a los que no se llaman “Jean-Daniel” y “no tienen los ojos azules”. Según escribe Garton Ash, el joven gritaba “¿Qué égalité hay para nosotros?, ¿Qué liberté?, ¿Qué fraternité?. Maintenant, moi, je suis la France”.
Lo que se le olvida afirmar a este joven radical, y Timothy Garton Ash tampoco explica, es que, efectivamente, muchos de estos muchachos serán los europeos del mañana, pero siempre que, previamente, hayan asumido, por encima de sus particulares convicciones políticas, culturales o religiosas, que los derechos civiles y universales de las personas, representados en ese triunvirato de la égalité, la liberté y la fraternité del que este chico tanto parece mofarse, son irrenunciables y aplicables a todo el mundo. El gran problema no es que la Europa del mañana vaya a ser africana, negra, musulmana, blanca o asiática. El reto principal es conseguir que, independientemente del origen de sus ciudadanos, la Europa del siglo XXI siga siendo una geografía donde los valores prioritarios de la sociedad occidental, la tolerancia, la democracia, la pluralidad, la libertad de expresión y de creencias, y los Estados de derecho, continúen siendo los principios dominantes. Ese es el auténtico desafío.

En apoyo de Robert Redeker

Robert Redeker es un filósofo francés que próximamente va a publicar el libro “Dépression et philosophie” y es también profesor en el liceo Pierre-Paul Riquet en Saint-Orens de Gammeville. Pero, sobre todo, Robert Redeker es hoy un hombre que debe vivir oculto y policialmente protegido por haber publicado hace unos días un artículo en “Le Figaró” en el que, entre otras cuestiones, denunciaba cómo, en su opinión, la religión islámica es esencialmente violenta y expansiva. Fuentes de los servicios de información franceses aseguran que, tras la aparición del texto, varias páginas web y foros de discusión islamistas en inglés califican a Redeker de “cerdo”, publican su foto, su dirección y un mapa para acceder a su domicilio.
Ante hechos como éste, nos reafirmamos en lo que ya hemos señalado varias veces en este Blog. Los ataques furibundos de los fundamentalistas de la fe a cualquier forma de intelectualismo, su obsesión por reglamentar la práctica totalidad de los comportamientos privados de los seres humanos, su empeño en humillar a las mujeres, su obstinación en negar la libertad de pensamiento, su intransigencia ante cualquier atisbo de crítica y su absoluta carencia de respeto hacia los pilares fundamentales de nuestra civilización son motivos más que suficientes para que pasemos a ejercitar nuestra opción a la defensa. Y, fundamentalmente, nuestro legítimo derecho a protegernos de las imposiciones, de las amenazas, de las afrentas y de los ataques de estos clérigos fanatizados y obsesivos pasa por proteger, por proclamar, por clamar y, por supuesto, por imponer siempre que sea necesario la superioridad ética de nuestro laicismo, la elegante tolerancia de nuestra moral y el predominio de nuestras leyes. Es decir, todo lo que no hacen muchos intelectuales europeos que, puestos a elegir entre la democracia y la barbarie, apuestan siempre por mirar hacia otro lado. Es decir, hacia el desastre.
En solidaridad con Robert Redeker y con todos aquellos intelectuales que son repetidamente amenazados por cualquier tipo de integrismo religioso, reproducimos aquí el artículo motivo de la infame y vergonzosa campaña de ataques puesta en marcha contra el filósofo francés.
www.gonzalez-zorrilla.com
Face aux intimidations islamistes, que doit faire le monde libre?

L’islam essaie d’imposer à l’Europe ses règles : ouverture des piscines à certaines heures exclusivement aux femmes, interdiction de caricaturer cette religion, exigence d’un traitement diététique particulier des enfants musulmans dans les cantines, combat pour le port du voile à l’école, accusation d’islamophobie contre les esprits libres.
Comment expliquer l’interdiction du string à Paris-Plages, cet été ? Étrange fut l’argument avancé : risque de «troubles à l’ordre public». Cela signifiait-il que des bandes de jeunes frustrés risquaient de devenir violents à l’affichage de la beauté ? Ou bien craignait-on des manifestations islamistes, via des brigades de la vertu, aux abords de Paris-Plages ?
Pourtant, la non-interdiction du port du voile dans la rue est, du fait de la réprobation que ce soutien à l’oppression contre les femmes suscite, plus propre à «troubler l’ordre public» que le string. Il n’est pas déplacé de penser que cette interdiction traduit une islamisation des esprits en France, une soumission plus ou moins consciente aux diktats de l’islam. Ou, à tout le moins, qu’elle résulte de l’insidieuse pression musulmane sur les esprits. Islamisation des esprits : ceux-là même qui s’élevaient contre l’inauguration d’un Parvis Jean-Paul-II à Paris ne s’opposent pas à la construction de mosquées. L’islam tente d’obliger l’Europe à se plier à sa vision de l’homme.
Comme jadis avec le communisme, l’Occident se retrouve sous surveillance idéologique. L’islam se présente, à l’image du défunt communisme, comme une alternative au monde occidental. À l’instar du communisme d’autrefois, l’islam, pour conquérir les esprits, joue sur une corde sensible. Il se targue d’une légitimité qui trouble la conscience occidentale, attentive à autrui : être la voix des pauvres de la planète. Hier, la voix des pauvres prétendait venir de Moscou, aujourd’hui elle viendrait de La Mecque ! Aujourd’hui à nouveau, des intellectuels incarnent cet oeil du Coran, comme ils incarnaient l’oeil de Moscou hier. Ils excommunient pour islamophobie, comme hier pour anticommunisme.
Dans l’ouverture à autrui, propre à l’Occident, se manifeste une sécularisation du christianisme, dont le fond se résume ainsi : l’autre doit toujours passer avant moi. L’Occidental, héritier du christianisme, est l’être qui met son âme à découvert. Il prend le risque de passer pour faible. À l’identique de feu le communisme, l’islam tient la générosité, l’ouverture d’esprit, la tolérance, la douceur, la liberté de la femme et des moeurs, les valeurs démocratiques, pour des marques de décadence. Ce sont des faiblesses qu’il veut exploiter au moyen «d’idiots utiles», les bonnes consciences imbues de bons sentiments, afin d’imposer l’ordre coranique au monde occidental lui-même.
Le Coran est un livre d’inouïe violence. Maxime Rodinson énonce, dans l’Encyclopédia Universalis, quelques vérités aussi importantes que taboues en France. D’une part, «Muhammad révéla à Médine des qualités insoupçonnées de dirigeant politique et de chef militaire (…) Il recourut à la guerre privée, institution courante en Arabie (…) Muhammad envoya bientôt des petits groupes de ses partisans attaquer les caravanes mekkoises, punissant ainsi ses incrédules compatriotes et du même coup acquérant un riche butin».
D’autre part, «Muhammad profita de ce succès pour éliminer de Médine, en la faisant massacrer, la dernière tribu juive qui y restait, les Qurayza, qu’il accusait d’un comportement suspect». Enfin, «après la mort de Khadidja, il épousa une veuve, bonne ménagère, Sawda, et aussi la petite Aisha, qui avait à peine une dizaine d’années. Ses penchants érotiques, longtemps contenus, devaient lui faire contracter concurremment une dizaine de mariages». Exaltation de la violence : chef de guerre impitoyable, pillard, massacreur de juifs et polygame, tel se révèle Mahomet à travers le Coran. De fait, l’Église catholique n’est pas exempte de reproches. Son histoire est jonchée de pages noires, sur lesquelles elle a fait repentance. L’Inquisition, la chasse aux sorcières, l’exécution des philosophes Bruno et Vanini, ces mal-pensants épicuriens, celle, en plein XVIIIe siècle, du chevalier de La Barre pour impiété, ne plaident pas en sa faveur. Mais ce qui différencie le christianisme de l’islam apparaît : il est toujours possible de retourner les valeurs évangéliques, la douce personne de Jésus contre les dérives de l’Église.
Aucune des fautes de l’Église ne plonge ses racines dans l’Évangile. Jésus est non-violent. Le retour à Jésus est un recours contre les excès de l’institution ecclésiale. Le recours à Mahomet, au contraire, renforce la haine et la violence. Jésus est un maître d’amour, Mahomet un maître de haine. La lapidation de Satan, chaque année à La Mecque, n’est pas qu’un phénomène superstitieux. Elle ne met pas seulement en scène une foule hystérisée flirtant avec la barbarie. Sa portée est anthropologique. Voilà en effet un rite, auquel chaque musulman est invité à se soumettre, inscrivant la violence comme un devoir sacré au coeur du croyant.
Cette lapidation, s’accompagnant annuellement de la mort par piétinement de quelques fidèles, parfois de plusieurs centaines, est un rituel qui couve la violence archaïque.
Au lieu d’éliminer cette violence archaïque, à l’imitation du judaïsme et du christianisme, en la neutralisant (le judaïsme commence par le refus du sacrifice humain, c’est-à-dire l’entrée dans la civilisation, le christianisme transforme le sacrifice en eucharistie), l’islam lui confectionne un nid, où elle croîtra au chaud. Quand le judaïsme et le christianisme sont des religions dont les rites conjurent la violence, la délégitiment, l’islam est une religion qui, dans son texte sacré même, autant que dans certains de ses rites banals, exalte violence et haine. Haine et violence habitent le livre dans lequel tout musulman est éduqué, le Coran. Comme aux temps de la guerre froide, violence et intimidation sont les voies utilisées par une idéologie à vocation hégémonique, l’islam, pour poser sa chape de plomb sur le monde. Benoît XVI en souffre la cruelle expérience. Comme en ces temps-là, il faut appeler l’Occident «le monde libre» par rapport à au monde musulman, et comme en ces temps-là les adversaires de ce «monde libre», fonctionnaires zélés de l’oeil du Coran, pullulent en son sein.

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Nazismo, comunismo e islamismo

La dirección de la Ópera de Berlín ha anunciado la suspensión de obra “Idomenco”, de Mozart, una descripción alegórica de un mundo sin dioses en la que aparecen cortadas las cabezas de Jesucristo, Mahoma y Buda. La supresión del montaje escénico se ha debido, según los responsables del teatro berlinés, a que su representación podía ofender a la comunidad islámica, con lo que, una vez más, nos encontramos ante un caso de supresión de la libertad de expresión, aunque sería más apropiado decir ante un ejemplo de autocensura, por miedo a las presiones del islamismo más reaccionario.
Para quienes estamos convencidos de que el terrorismo islamista es una amenaza directa a la democracia, a la libertad y a los valores de tolerancia y civilidad que representan las sociedades occidentales, gestos como el de la Ópera de Berlín suponen una clara regresión en la defensa de los derechos fundamentales de las personas y, además, implican un inaceptable sumisión y entrega a la irracionalidad, la barbarie y el oscurantismo impulsado por el islamofascismo más radical.
Occidente en general, y Europa y Estados Unidos en particular, están en lucha contra un Islamismo obtuso y cruel que ha sabido aprovechar los múltiples beneficios producidos por la globalización social, económica y cultural que ha vivido el planeta durante las dos últimas décadas para emprender con fiereza el que sin duda es uno de sus máximos objetivos: la expansión mundial.
Los ataques furibundos de los fundamentalistas de la fe a cualquier forma de intelectualismo, su obsesión por reglamentar la práctica totalidad de los comportamientos privados de los seres humanos, su empeño en humillar a las mujeres, su obstinación en negar la libertad de pensamiento, su intransigencia ante cualquier atisbo de crítica y su absoluta carencia de respeto hacia los pilares fundamentales de nuestra civilización son motivos más que suficientes para que pasemos a ejercitar nuestra opción a la defensa. Y, fundamentalmente, nuestro legítimo derecho a protegernos de las imposiciones, de las amenazas, de las afrentas y de los ataques de estos clérigos fanatizados y obsesivos pasa por proteger, por proclamar, por clamar y, por supuesto, por imponer siempre que sea necesario la superioridad ética de nuestro laicismo, la elegante tolerancia de nuestra moral y el predominio de nuestras leyes. Es decir, todo lo que no han hecho los responsables de la ópera de Berlín.
Una vez más, el silencio de la mayor parte de los intelectuales europeos ante esta afrenta a la libertad ha sido muy estentóreo. Por el contrario, es de alabar y de valorar en su justa medida el comportamiento de la canciller alemana Angela Merkel, que está convirtiéndose a marchas forzadas en una estadista de gran envergadura, quien no ha dudado en señalar que “tenemos que tener cuidado de no retroceder cada vez más por miedo a los radicales violentos”. Karen Jespersen y Ralf Pittelkow, dos políticos socialdemócratas daneses que han convertido en un éxito de ventas un libro en el que denuncian la ingenuidad de muchos demócratas europeos ante el radicalismo islámico, lo han expresado también con gran acierto: “Nazismo, comunismo e islamismo son ideologías totalitarias que pretenden invadir hasta los más mínimos detalles de la vida y hay que plantarles cara con nuestros valores”.
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miércoles, septiembre 27, 2006

Tomemos un café

Me encanta el café. Para mí, el aroma de esta bebida está íntimamente ligado a los territorios inexpugnables de la infancia, a los inviernos vividos de niño en los que regresaba aterido a casa y a la figura de mi madre, a quien siempre veo con una taza de buen café colombiano en la mano.
El café está unido a las personas, a las cosas y a los acontecimientos que han sido más importantes en mi vida y, al mismo tiempo, los mocas recién hechos en una buena cafetera italiana, humeantes, intensamente aromáticos y bien calientes, están asociados en mi memoria a múltiples y pequeños momentos vividos con personas amadas, en otras ciudades siempre añoradas y en rincones a los que siempre deseo regresar. No puedo hablar de mis estancias en capitales como París, Nueva York, Venecia o Lisboa sin recordar sus múltiples cafés.
Durante muchos años he sido fumador y conozco perfectamente la adicción que provoca la nicotina. Pero, incluso en las temporadas en las que fui un auténtico prisionero de los cigarrillos, siempre pensé que me resultaría mucho más difícil abandonar mi afición por el café que renunciar definitivamente a las cajetillas de Marlboro. Y así fue. Hace ya casi una década que dejé voluntariamente de fumar pero, hasta hoy, he seguido disfrutando, degustando y amando el café. Hoy, el médico me ha comunicado que debo abandonar rápidamente su ingesta desmesurada por problemas con la tensión arterial. El doctor se ha puesto grave y, únicamente, ha consentido tolerarme la toma de una taza al día. Mientras echo mucho de menos a las demás, me seguiré preguntando: ¿Hay vida antes del primer café del día?
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Libros no leídos

Alguien me preguntó recientemente sobre algunos de los libros que nunca he sido capaz de leer. Recordé rápidamente “Absalón, Absalón”, de William Faulkner, lectura que me pareció tediosa, complicada y, francamente, muy poco interesante. Otro de mis imposibles, a pesar de que lo he intentado varias veces, ha sido “Ulises”, de James Joyce. Sencillamente, no puedo con él. Y, lo que es peor (o mejor, según se mire), no me interesa en absoluto. También me acordé de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust. Llegué justo hasta la famosa escena de la magdalena, y lo dejé, aunque creo que, en este caso, el problema consistió en que cuando intenté leerlo por primera y única vez era demasiado joven. Creo que lo intentaré nuevamente. Estos tres son los títulos cuya lectura recuerdo haber abandonado por la complejidad del texto. Hay otras novelas, libros de poesía o ensayos, cuya lectura he abandonado porque no me atraían formalmente, porque los contenidos me resultaban indiferentes o porque, sencillamente, no me llegaban a perturbar mínimamente. Y esto es lo que siempre pido a una lectura: que me impacte de un modo u otro, positiva o negativamente, por la información, por las ideas, por los conocimientos, por los pensamientos, por las opiniones o por la sabiduría que transmite. En ocasiones, también es sufiente con que me entretenga; no soy un apocalíptico y, sinceramente, “El Código da Vinci” me resultó una lectura muy amena.

¿Qué haces después del caos?

“¿Qué haces después del caos?” fue una novela corta, o un relato largo, que escribí en 1999 y que obtuvo el primer premio en un concurso literario convocado por la Editorial Miraguano. El texto, que más tarde se publicaría en la revista “Bucanero”, era un ‘thriller’ de ciencia-ficción que algunos críticos encuadraron dentro del marco del ciberpunk y que, en general, obtuvo comentarios bastante favorables.
“¿Qué haces después del caos”, que con el paso del tiempo también terminaría por publicarse en formato electrónico por la editorial Libroline, es una obra a la que tengo un especial cariño porque la escribí en un momento muy especial de mi vida y porque contiene algunos párrafos de los que me siento especialmente orgulloso. Es algo que me suele ocurrir muy pocas veces escribiendo. Hoy, probablemente, plantearía la obra de otra forma, pero no me arrepiento de cómo la llevé al papel en su momento. Se da la para mí feliz circunstancia de que durante los últimos meses han sido varios los lectores que me han enviado correos electrónicos preguntándome dónde pueden adquirir algún ejemplar del texto. A todos ellos les he respondido que, actualmente, es prácticamente imposible conseguir ninguna versión impresa del relato (la revista “Bucanero” cerró hace algunos años) y tampoco es fácil conseguir un ejemplar electrónico del mismo (la editorial Libroline dejó de vender este tipo de libros en 2001). Por ello, y para cualquier lector que esté interesado en el libro, adjunto aquí un enlace directo al texto íntegro de la novela. ¿Qué haces después del caos?
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Crossing Jordan

A lo largo de estos meses de verano he vuelto a ver todos y cada uno de los capítulos de las cinco temporadas de ‘Crossing Jordan’ (CJ), una serie que ya en su momento me pareció digna de ser tenida en cuanta y que ahora, cuando he podido seguirla con más atención, me ha vuelto a proporcionar momentos de gran satisfacción. ‘Crossing Jordan’ hace gala de una excelente realización técnica, de unos actores excepcionales, incluidos todos los secundarios, y de una estupenda utilización de la música que creo no haber visto en televisión desde la inolvidable “Doctor en Alaska” de los primeros años noventa del pasado siglo. Pero, sobre todo, lo más llamativo de “Crossing Jordan” es también lo más destacado que tienen las mejores series norteamericanas de las últimas temporadas, como “Mujeres Desesperadas”, “Perdidos” o “CSI”: el guión. Las historias de CJ están irreprochablemente escritas, con un sentido de la eficacia narrativa francamente ejemplar, mezclando magníficamente drama y suspense con unas generosas dosis de humor y, especialmente, ofreciendo al telespectador unos diálogos difícilmente mejorables por su rapidez, su brillantez, su ironía y sus dobles e incluso triples lecturas. Todo ello, junto con el dibujo de unos personajes de peso a los que a lo largo del casi centenar de capítulos de la serie logramos conocer en profundidad, hacen de ‘Crossing Jordan’ un producto de ocio y cultura auténticamente ejemplar. Creaciones así son las que, de vez en cuando, nos reconcilian con la televisión. Esperamos con avidez la sexta temporada de la serie.

Ensayo: El mundo tras el 11-S

El siglo XXI comenzó el día 11 de septiembre de 2001. Aquella jornada aciaga que no se nos olvidará jamás a quienes defendemos las sociedades libres, la libertad de pensamiento, la tolerancia religiosa y la igualdad entre los géneros, el terrorismo islamista asesinó a casi 3.000 personas en Nueva York y Washington, destruyó el World Trade Center de la que, a pesar de muchos, aún sigue siendo la auténtica capital del mundo y nos colocó, de repente, ante la constatación cierta de que las hordas bárbaras, utilizando recursos ingentes liberados por las nuevas tecnologías y la globalización económica, se habían marcado como objetivo atacar a las sociedades occidentales en sus principales centros de decisión política, social, económica y cultural.
Desde el primer momento, cuando todavía los dos colosos de acero se mantenían en pie en las pantallas de nuestros televisores, entendimos que aquella era una embestida cruel, cargada de simbolismo y rebosante de aborrecimiento contra nuestra civilización. La elección de las Torres Gemelas como objetivo no fue, obviamente, algo azaroso: aquellos edificios, como tantos otros en otras muchas capitales de Europa o de Estados Unidos, representaban excepcionalmente las ilusiones de Occidente, nuestras querencias más íntimas, nuestros sueños más ocultos, la evidencia de nuestra grandeza y las dimensiones abismales de nuestra debilidad. Que el atentado más brutal tuviera lugar, además, en Nueva York suponía una declaración formal de guerra contra todo lo que representa esa ciudad sobrecargada, extremadamente vital, bulliciosa y extrañamente romántica para quienes amamos, entre otras muchas cosas, la libertad, los hot-dogs, el MOMA, el Lexington Hotel, Central Park o las mejores librerías del mundo.
Es un hecho que los clérigos fanáticos y los árabes integristas que diseñaron los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, no solamente querían conseguir miles de víctimas en la primera potencia mundial y en la nación abanderada de la democracia, el capitalismo y el progreso. Además de extender la muerte y el dolor, deseaban también y, quizás, sobre todo, infringir la libertad, romper la tolerancia, quebrantar la democracia y profanar las normas básicas de convivencia que definen a Occidente y que los islamofascistas no pueden soportar, como no pueden tolerar la independencia de una mujer paseando sola por cualquier avenida de París, Roma o Nueva York, el laicismo enriquecedor de nuestras instituciones, la creatividad de nuestros artistas o la autonomía de nuestros ciudadanos.
No estamos en una guerra de civilizaciones, pero tras el 11-S y después de tantos ataques como luego habrían de llegar a Madrid, Londres, Balí, El Cairo y tantos otros lugares, Occidente debe comprender que es necesario prepararse, que debemos entrenarnos con firmeza para defender todo aquello que nos hace ser mejores y que, actualmente, convierte a nuestros países en los más prósperos, en los más libres, en los más equitativos y en los más desarrollados del planeta. Nuestras instituciones no son, ni mucho menos, perfectas, nuestras libertades pueden empañarse de vez en cuando, aún no hemos logrado eliminar la miseria de nuestras calles y sabemos que aún nos resta mucho trabajo en el arduo camino de conseguir las más elevadas cotas de bienestar y de progreso para todos los ciudadanos. Pero, a pesar de todo ello, nuestras sociedades son las únicas que pueden ser capaces de lograrlo. Occidente no está en guerra con el Islam, pero desde el 11-S todos tenemos que ser conscientes de que debemos estar listos para defender nuestra forma de vida, la misma por la que tantos hombres y mujeres han dado su existencia a lo largo de la historia, de esta chusma bárbara que ha llegado con el advenimiento del siglo XXI y que, aunque está encabezada por el islamismo fundamentalista, también está formada por un numeroso elenco de naciones, religiones, organizaciones y fuerzas fanáticas, integristas, terroristas y marcadamente fascistas que, cabalgando sobre la ola globalizadora, amenazan con expandirse por todo el planeta.
Tras el 11-S urge aprender que nuestra lucha por la libertad habrá de ser para siempre.
Como hemos señalado, los atentados islamistas del 11-S en Nueva York y Washington, y los muchos otros que vendrían después en diferentes lugares del mundo incluyendo Madrid, sirvieron para que los ciudadanos occidentales, hasta entonces cómodamente asentados en un postcapitalismo hiperconformista, narcotizado e ingenuamente dócil, nos encontráramos repentina e insospechadamente ante la obligación de defender nuestras sociedades de un terrorismo integrista, fanatizado, brutal y global que no escatima esfuerzos para atacar a Occidente.
Pero el ocaso del deber y la renuncia a perseverar en el resguardo de los mejores valores de la civilidad moderna se han extendido preocupantemente entre los hombres y mujeres del viejo continente. El escritor italiano Pietro Citati, autor de “Luz de la Noche”, ha descrito perfectamente esta situación: “El mundo europeo del siglo XXI es irreal, teatral, fantasioso, televisivo, espectacular. Ningún occidental sabe ya usar la fuerza. Y cuando recurre a ella, la usa de forma inexperta, torpe, excesiva, o acompañada de tanta cautela, tanto miramiento, tanta excusa y tanta precaución que se vuelve totalmente ineficaz y perjudicial. (…) Para una democracia, defenderse del terrorismo elevado a sistema es muy difícil, casi imposible. (…) Tendremos que renunciar a numerosos placeres: pequeñas libertades, garantías jurídicas, riquezas, ayudas. Durante muchos años, todo estará en peligro. A veces existe la impresión de que muchos no están dispuestos a hacer esos sacrificios y que, para ello, la civilización occidental puede hundirse sin nostalgias. (…) Parece que la paciencia, el valor y la capacidad de aguante se han desvanecido. Mejor conservar la vida, al precio que sea”.
Imposible decirlo con mayor claridad y con más rotundidad. Cinco años después de que un puñado de suicidas islamistas, con el apoyo de una importante caterva de clérigos y multimillonarios árabes, destruyeran el World Trade Centre y terminaran con la vida de más de casi 3.000 personas, apenas hemos avanzado nada en cuanto a la comprensión del tamaño de la amenaza que se nos avecina. Padecemos una absoluta falta de recursos éticos para convencer y para convencernos de que, efectivamente, nuestras sociedades democráticas son muy superiores, desde un punto de vista moral, político, social y cultural, a cualesquiera otras sociedades del planeta. Aún hoy, cuando día tras día observamos cómo la sinrazón, el odio y la barbarie son profusamente jaleados en distintas partes del mundo, y siempre contra Occidente, somos incapaces de entender que los elevados niveles de convivencia y tolerancia que hemos alcanzado en nuestras ciudades están en peligro porque, amparándose en la mundialización de la economía y de la cultura, todos los fanatismos, y especialmente los islamistas, están atracando en las costas de Europa y Estados Unidos.
No sabemos ni somos capaces de imaginar lo que tenemos en juego nosotros y, sobre todo, lo que tendrán en juego nuestros hijos. Todo es relativo, todo es inmaterial y todo es líquido, tal y como explica Zygmunt Bauman. La afición a la mezcla y al pastiche propia de la posmodernidad no se ha circunscrito exclusivamente a los ámbitos de la literatura, el cine o las artes plásticas, sino que se ha transmitido al mundo de lo simbólico dando como resultado una mezcolanza ideológica, un batiburrillo de instrucciones éticas y una mixtura de pensamientos políticos que, al final, se han fusionado en una de las creencias más absurdas y erróneas, pero también más repetida, del espíritu posmoderno: el precepto de que “todas las ideas son igualmente válidas”.
Este certificado de dogmática igualdad que el pensamiento débil otorga a la totalidad de los juicios de valor ha abierto una puerta fatal a la infantilización intelectual de nuestras sociedades, al quebranto del proyecto ilustrado nacido con la Revolución Francesa y a un “todo vale” global que ha alcanzado límites de ruindad y demérito difícilmente superables. Pretender una paridad radical de todas las ideas y presumir la nobleza de todas las opiniones no solamente supone voltear la gradación de los valores intelectuales, espirituales, éticos y estéticos heredados de la modernidad sino que significa también proporcionar una carta de legitimidad absoluta a quienes, como los fanáticos islamistas en Europa o en Estados Unidos, producen, alimentan y propagan proyectos de exterminio, de eliminación, de racismo, de discriminación o de aniquilación, y, además, implica que quienes defienden estas opiniones tienen tanto derecho a ser respetados como quienes desarrollan e impulsan criterios no atentatorios contra el resto de la humanidad.
El relativismo ideológico y cultural que ha segregado el espíritu posmoderno se ha convertido para Occidente en un cáncer demoledor que permite otorgar a las voces de los bárbaros, los crueles, los fanáticos y los irracionales la misma validez moral que la llamada a la concordia de un político democrático, que el discurso integrador de un intelectual o que la voz temerosa de un ciudadano amenazado. Y esto no puede seguir así. Debemos comenzar a ser conscientes de nuestra grandeza, de nuestra historia, de todo lo que hemos conseguido con tanta sangre derramada por tantos de los nuestros. Debemos ser conscientes de que el futuro solamente existirá si somos capaces de defender nuestro presente tal y como nosotros lo queremos, y no como nos lo quieren imponer. En palabras, nuevamente, de Pietro Citati: “La civilización occidental es culpable de muchas cosas, como cualquier civilización humana. Ha violado y destruido continentes y religiones. Pero posee un don que no conoce ninguna otra civilización: el de acoger, desde hace 2.500 años -desde que los orfebres griegos trabajaban para los escitas-, todas las tradiciones, los mitos, las religiones y a casi todos los seres humanos. Los comprende o intenta comprenderlos, aprende de ellos, les enseña, y después, con gran lentitud, modela una nueva creación que es tan occidental como oriental. ¡Cuántas palabras hemos asimilado! ¡Cuántas imágenes hemos admirado! ¡Cuántas personas han adquirido la ciudadanía “romana”! Éste es un don tan grande e incalculable que tal vez valga la pena sacrificarse, pro aris et focis, a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de Granada.”
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La libertad también protege al Papa

Creo que la Iglesia Católica en general, y el Papa Benedicto XVI en particular, representan, desde un punto de vista ideológico, algunos de los aspectos más reaccionarios, integristas, cínicos y falsarios de los que cotidianamente asolan nuestra sociedad. Pienso que la marginación de género que la Iglesia Católica conserva con respecto a las mujeres, la discriminación que esta institución dirige contra algunos colectivos sociales (homosexuales), que la radical oposición de Roma a múltiples aspectos de la investigación científica y que, en general, la visión tradicionalista y fuera de tiempo que la curia mantiene sobre nuestras sociedades sitúan a los representantes institucionales de la primera religión del mundo como un auténtico peligro para los valores para mí siempre positivos del laicismo, la democracia y la modernidad. Lo mismo ocurre con el resto de las religiones institucionalizadas, independientemente del número de sus seguidores y de su localización.
Dicho esto, también pienso que las acusaciones y el proceso de criminalización que el Papa Benedicto XVI ha sufrido durante los últimos días por haber citado unas declaraciones en las que se dibuja al Islam como una creencia fundamentalmente expansionista y violenta resulta auténticamente vergonzoso. Ya he señalado antes cuál es mi opinión sobre la Iglesia Católica, pero hay que destacar que, actualmente, la Iglesia Católica es una gran institución global perfectamente adaptada a las exigencias de las sociedades democráticas y libres. El Vaticano, y las Iglesias locales, aceptan diariamente las críticas más feroces que se lanzan a su institución desde múltiples foros y lugares de todo el mundo. Y jamás apela a la violencia ni llama a la aniquilación de todos aquellos que no son católicos o no comulgan con la fe del Sumo Pontífice. No ocurre lo mismo con el Islam que mayoritariamente en el siglo XXI continúa siendo una religión no secularizada, absolutamente irrespetuosa con el laicismo y la democracia, violenta, impositiva y bárbara. El Papa, haciendo gala de su libertad de expresión, tiene el derecho, como cualquier otro ciudadano, a opinar, citar, comentar y afirmar lo que crea más apropiado. Y no se le debe acusar de nada por ello. Por cierto, que resulta realmente escandaloso obsevrar el poco o nulo apoyo que han dirigido al Santo Padre tantos políticos, intelectuales, analistas y personajes públicos de talante presuntamente progresista que, curiosamente, siempre están dispuestos para encontrar explicaciones, exculpaciones y motivos de expiación para los delitos y los crímenes cometidos por el Islam. De verdad, resulta realmente injusto, indecente e impúdico que muchas voces ilustradas europeas aún sigan considerando que la libertad de expresión solamente protege a los terroristas, a los integristas, a los fundamentalistas y a los fascistas, o a los apologetas de éstos, pero nunca a hombres y mujeres a quienes, aunque se sitúen ideológicamente al otro extremo de nuestro pensamiento, son hombres y mujeres buenos.

Una entrevista de ciencia-ficción

Quienes siguen más o menos periódicamente este blog, ya conocen mi interés por el mundo de la ciencia-ficción, tanto en su vertiente literaria como en su variante cinematográfica. El otro día, revisando diferentes textos y artículos que he ido escribiendo a lo largo del tiempo sobre esta cuestión, encontré una entrevista que en su momento realicé a Miquel Barcelo, sin duda una de las personas que más saben en España sobre el género. Barceló es ingeniero aeronáutico, diplomado en ingeniería nuclear y doctor en informática, pero, sobre todo, es un editor excelente que a través de “Nova”, la no menos excelente colección de ciencia-ficción que dirige en Ediciones B, ha traído hasta España algunos de los títulos y de los autores más importantes de la ficción científica de las últimas décadas. En la conversación que mantuvimos a través del correo electrónico, el autor de “Ciencia-ficción: Guía de Lectura” (Ediciones B) realiza afirmaciones, en mi opinión muy interesantes, en las que señala, por ejemplo, que “ninguna tecnología nos sorprende tanto como para no adaptarnos a ella tras un uso más o menos habitual y duradero” o que algunos de los avances tecnológicos que le resultan más interesantes son los ligados a la mecánica cuántica, ya que aportan un plus de extrañeidad a un fenómeno en el que “las causas parecen preceder a los efectos”. Clicando aquí, pueden acceder íntegramente al contenido de la entrevista, cuyo título es una declaración de Miquel Barceló que es, a su vez, un sugestivo juego de palabras: “Hemos de aprender a cambiar con el futuro cambiante que estamos creando”.

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Mis ciudades

Ante la llegada del verano y de las fechas vacacionales, una revista local me invita a que seleccione mis ciudades preferidas y a que comente brevemente las razones por las que las elijo. La verdad es que lo que al comienzo entendí como una pregunta trivial y sin mayor enjundia se ha convertido en una cuestión a la que he tenido que dedicar cierto tiempo. La memoria, los afectos, los estados de ánimo y la experiencia general del viaje marcan indefectiblemente cualquier elección, pero, al final, creo que la lista que he realizado refleja fielmente cuáles son mis urbes distinguidas.
1) París (Francia): Es la capital a la que siempre vuelvo y en la que siempre hallo el rastro de mis orígenes culturales, de mis devociones artísticas y de algunos de mis más antiguos recuerdos. Pasear calmadamente por esta ciudad me ordena las ideas, me calma los sentimientos y me recuerda permanentemente cuáles son los valores de nuestra civilización occidental, sobre qué principios se asienta y lo mucho que muchos hombres y mujeres lucharon para que nosotros podamos hoy disfrutarlos.
2) Nueva York (Estados Unidos): Si alguien que jamás ha salido de su tierra desea conocer el mundo en unos pocos días, es suficiente con que realice un viaje a Nueva York. La capital del planeta es para mí una megalópolis imprescindible porque en ella se encuentran, en un exceso fascinante, algunas de las cosas que más aprecio: los cafés, la arquitectura, los grandes musicales, la Quinta Avenida, el Lexington Hotel, los hot-dogs callejeros, el Metropolitan, un paseo por Central Park, las mejores librerías del mundo…
3) Londres (Gran Bretaña): Para mí continúa siendo la gran referencia europea en el ámbito de la cultura contemporánea. Es una urbe fascinante y siempre diferente que permanece en constante ebullición. Probablemente, su capacidad para integrar a ciudadanos de todas las culturales y para convertirlos en londinenses (capacidad puesta algo en cuestión tras los últimos atentados cometidos por fanáticos islamistas nacidos en la capital británica) es algo que siempre he admirado.
4) Lisboa (Portugal): Es una ciudad hermosa que directamente te atrapa el corazón. En ella se encuentran algunas de las calles más bellas del mundo y toda la urbe está bañada de una lluvia de melancolía (“saudade”) que baña al visitante en una turbulencia de añoranzas, recuerdos y evocaciones. Esta es una capital para pasear lentamente, para perder escandalosamente el tiempo, para disfrutar de su gastronomía y para comprar en algunas de las tiendas más encantadoras de Europa.
5) Madrid (España): Aunque nunca he vivido en ella, es una ciudad que siento como mi casa. En ella se encuentran reflejadas mis costumbres, mi cotidianeidad, mis gustos y mis aficiones. Es una urbe esencialmente abierta que convierte a cualquier persona en ciudadano propio y en ella siempre me encuentro a gusto. Qué más puedo pedir.
6) Roma (Italia): Por su belleza deslumbrante, por su carácter, por ser un caos más o menos organizado, por reunir algunas de las más maravillosas construcciones de los seres humanos…
7) México D.F: Si el caos tomara la imagen de una ciudad aparecería reflejada la gran capital centroamericana. El Distrito Federal es inmenso, enredado, incoherente, fascinante, elocuente, atractivo, poderoso y mágico como solamente puede serlo una gran ciudad mexicana. En México se encuentra la belleza más absoluta conviviendo con la pobreza más insultante y, en medio de todo ello, surge un abismo urbano que seduce como solamente puede hacerlo todo aquello que no puede medirse con los parámetros habituales con los que valoramos las cosas que nos son más comunes. México D.F no es una ciudad sino un cataclismo de sensaciones dramáticamente contradictorias.
8) Luxor (Egipto): La antigua ciudad de Tebas siempre permanece en mi memoria por su capacidad para hacer convivir, con una elegancia muy poco común, los extraordinarios restos monumentales y espectaculares que guarda la que fuera la capital del Imperio Nuevo del Antiguo Egipto con las necesidades del viajero del siglo XXI. En Luxor es posible aún pasear por la noche entre las ruinas bellísimas del antiguo gran Templo, recorrer con calma la orilla del Nilo a su paso por la ciudad o visitar el que es el único museo del mundo dedicado íntegramente al arte sagrado de la momificación.
9) Palmira (Siria). Una pequeña ciudad enclavada en la mitad del gran desierto sirio, cerca del la frontera de este país con Israel. Una pequeña ciudad que guarda como un tesoro intacto las ruinas incólumes de la gran ciudad romana que en su momento se convirtió en una de las grandes urbes del Imperio. Lo más bello de la arqueología en medio de un espacio yermo, solitario, deslumbrante y seductor.
10) San Cristóbal de las Casas (México). En el corazón de la selva de Chiapas es una ciudad que integra a la perfección todo lo mejor y lo peor del México indígena, del México de la Conquista y del México actual.
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Un artículo perfecto

El pasado martes, la escritora y periodista Rosa Montero escribía una columna en “El País”, titulada “Civilización”.
En el texto, la autora de novelas ya clásicas como “La función Delta” o “Temblor” realizaba un magnífico análisis de cuáles son algunos de los valores que definen a nuestra civización y explicaba, en apenas un folio, cuáles son las razones por las que somos muchos los que, a pesar de todo, seguimos considerando que Israel ha de ser nuestro referente en el intrincado mosaico de Oriente Próximo. Entre otras cosas, la periodista escribía que “cuando digo que Israel y nosotros formamos parte del mismo mundo, hablo del mundo que ha apostado por la sociedad civil y democrática, por más que Israel esté justamente en una de las fronteras de ese modelo, con sus propios fanáticos y, sobre todo, con infinidad de violaciones al sistema de derechos. Sin embargo, y justamente porque siguen dentro del marco democrático, porque no han cedido en la forma de Gobierno y continúan separando religión y Estado, esas violaciones pueden ser denunciadas y combatidas, y existe un debate abierto sobre ello dentro de Israel. Y cuando digo que Hezbolá no pertenece a nuestro mundo, no es porque sean musulmanes, sino porque son unos integristas intolerantes y tiránicos, porque están en contra de la sociedad civil que tanto esfuerzo y tanto dolor nos ha costado construir a lo largo de los siglos, porque su ley es una feroz y arcaica ley religiosa”.

No se puede decir mejor. Un artículo perfecto.

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Los héroes del “Francisco y Catalina”

El pesquero español “Francisco y Catalina” da cobijo desde hace varios días a 51 inmigrantes “sin papeles” que recogió del mar cuando la pequeña embarcación en la que se encontraban estaba a punto de hundirse.
Tras el rescate, el barco se ha convertido en una especie de buque fantasma y navega por las costas del mediterráneo paseando a estos desheredados de la riqueza en busca de un país que quiera acogerlos y darles refugio. La imagen es dramática cuando se piensan en las decenas de hombres, mujeres y niños hacinados, en unas condiciones de sanitarias calamitosas, en un navío diseñado para pescar y que apenas puede transportar a sus propios tripulantes. Pero, además del horror inmediato, lo que más debe llamarnos la atención es la heroicidad ética que están protagonizando el capitán del “Francisco y Catalina”, José Durá, y el resto de la decena de hombres que conforman la tripulación del bajel español.
En estos tiempos asesinos dominados por la impudicia ética, el egoísmo material y la insolidaridad colectiva, el gesto de estos marineros es un acto de fuerza moral, de responsabilidad social y de ejemplo ciudadano que debe ser registrado, reconocido y agradecido. Para rescatar a estos 51 inmigrantes, los navegantes debieron arriesgar su vida pero, además, han tenido que renunciar a seguir faenando y han tenido que olvidarse de disfrutar de unas condiciones mínimas de comodidad e higiene. Eran 11 personas que iban a pescar, pero ahora son 62 seres humanos hambrientos, acosados por la enfermedad y destrozados por el abandono, el desprecio y las humillaciones de los países, de los gobiernos y de las autoridades que se niegan a recoger a estos hombres y mujeres indefensos y empobrecidos que solamente desean hallar un futuro mejor.
El “Francisco y Catalina” se ha convertido en un cuadrilátero sobre el mar en el que han colisionado el primer y el tercer mundo. El resultado del enfrentamiento, ya lo conocemos: decenas de personas pudriéndose en el mar. Hay que ayudar a esta gente y hay que reconocer al “Francisco y Catalina” su gesta: ¿por qué el Gobierno español no hace regresar al barco, con todas las personas que transporta a bordo, a cualquier puerto de la península?. Sin duda, sería el mejor regalo y el más adecuado homenaje para José Durá y sus hombres.
NOTA. Para leer la carta de agradecimiento enviada por los inmigrantes rescatados a la tripulación del “Francisco y Catalina”, clicar aquí.

La generación “tarantina” necesita límites

Lo cuenta “El Correo” de Bilbao: un grupo de jóvenes, la mayoría de ellos menores de edad, de entre 16 y 17 años, insultaron, escupieron y golpearon a un cicloturista, al que conocían del colegio, mientras uno de ellos, una chica, grababa la escena con un teléfono móvil. La víctima, S.G., vecino de Bilbao de 22 años, que prefiere mantenerse en el anonimato, explicó a este periódico que está “curtido” en este tipo de ataques gratuitos, pero que esta vez “es la primera” que lo ha denunciado ante la Policía Municipal, porque “me han reventado la boca y eso no se puede permitir, ¿no?.”
Algo pasa en nuestra sociedad cuando los casos como los citados anteriormente se repiten tanto y en tantos lugares de Occidente. Sin lugar a dudas, sufrimos de una gravísima frivolización de la violencia, de un déficit educativo en valores extramadamente grave y, sobre todo, padecemos de una profunda pérdida de referentes. Pero además, el asentamiento en Europa, especialmente desde finales del pasado siglo, de un relativismo cultural muy mal entendido, la proliferación epidémica de padres que abandonan cualquier tipo de responsabilidad sobre el comportamiento de sus hijos y la instalación entre nosotros de una anomia ética que apenas hace distinción entre víctimas y verdugos son también causas directas de estos sucesos. Ha surgido una generación “tarantina” de muchachos que considera que todo son derechos y que los deberes apenas existen; son adolescentes y jóvenes, esencialmente maleducados, escasamente formados culturalmente y poseedores de una importante autonomía económica que piensan que no tienen ninguna responsabilidad sobre nada de lo que ocurre a su alrededor y que, como en los dibujos animados de Disney o en los videojuegos de Lara Croft, la utilización de la fuerza bruta es apenas un divertimento.
El juez de menores Emilio Calatayud es conocido popularmente por las peculiares sentencias que impone a los chavales que delinquen. Por ejemplo, ha decidido que quienes infringen las leyes del tráfico acompañen a las patrullas que vigilan las carreteras, ha obligado a ‘niños bien’ a servir a indigentes, ha ‘condenado’ a un delincuente analfabeto a aprender a leer. Este magistrado, un experto en el comportamiento violento de los jóvenes, explica entre otras cosas que una bofetada a tiempo, dada con cariño, es una victoria y señala, en una reciente entrevista publicada en “El Pais”, cuáles son los límites que se han traspasado en la educación de los adoloscentes: “En la familia, los hijos no son conscientes del deber que tienen de obediencia y respeto a los padres, y de que además han de contribuir a llevar las cargas familiares… En la escuela, por ejemplo, se ha perdido el respeto a la autoridad moral del maestro… Y se ha perdido la colaboración entre el maestro y la familia. El menor se aprovecha de esa ventaja: el padre siempre apoya al hijo y siempre considera al profesor como un enemigo… Hay que recuperar esa autoridad que tenía el maestro y hay que ayudar a los profesores. ¡Hay que recuperar la tarima! Los símbolos de autoridad son importantes. Estamos creando la sensación de que todo vale, y no todo vale. A los menores hay que decirles que no.”

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